La devaluación de los títulos

Los especialistas en sesgos cognitivos nos dicen que tendemos a pensar que la virtud está en el punto medio.

Sabemos que no siempre es así. Las decisiones están llenas de matices y no todo está entre dos extremos tipo blanco o negro, bueno y malo. Esta introducción viene al caso por el asunto de la supuesta “titulitis” del trabajador medio, que la prensa social y económica repite con insistencia. El título no importa, importan: las habilidades, las competencias, ser majete, ser espabilado.

Primero, habría que asumir como cierto que una acumulación de éxitos académicos correlaciona con la eficacia en obtener éxitos académicos. Según el sujeto, puede que con poco más. Se perdiénde relación con la posibilidad de otro tipo de éxitos, los laborales en este caso.

Luego, asumir también como una verdad que no todos los certificados tienen el mismo valor. Muchos, en pleno mercantilismo de las referencias, tienen una calidad dudosa. La propia competencia entre los centros que las expiden ha podido afectar a la exigencia al expedirlo. Incluso hasta dar lugar a cierta picaresca, tóxica donde las haya.

El peligro de la universidad «de la calle»

Debemos estar alerta para impedir la desnaturalización del valor del título. Un título no deja de ser una acreditación de mínimos por parte de una entidad de jerarquía independiente del alumno. Se supone que permite una cierta garantía documental, de la que se ha abusado. El papel lo sostiene todo… Pero no tanto.

Sin embargo, quienes han vivido la devaluación de la formación y han visto el ascenso al éxito de los partidarios de la “universidad de la calle” han podido ver que en muchas ocasiones eran poco fiables. Por tanto, las supuestas verdades que manejamos resultan de una evidente parcialidad.

Un título de cazador de ratones podría querer decir poco si pensamos en el enfoque de que lo importante es que un gato cace ratones. Parece algo mejor que no si nos llega un titulado en “ratonología y caza de roedores”. Si actualmente un título dice poco quizá sea porque hemos renunciado a que signifique algo de verdad. Estamos dando por válidas y por generalizables experiencias particulares que no conducen a nada.

Seleccionando casos ilustrativos

Es tentador pensar que si algunos de los genios de la tecnología dejaron sus estudios para centrarse en sus exitosos proyectos todo hijo de vecino puede hacer lo mismo. Pero lo cierto es que estas personas llaman la atención, precisamente, porque son excepcionales.

También resulta que no tenemos en cuenta los datos de todos aquellos que también abandonaron sus estudios y que con ello perdieron la oportunidad de salir adelante.

Que Einstein pareciera un poco lento al hablar en su infancia no dice nada respecto a otros sujetos que, compartiendo también esta característica, no comparten ninguna otra. Para la empresa el gato que caza ratones destroza la casa durante el proceso de cazarlos, quizá no compense tanto gato salido de la calle.

¿Nos estamos pasando?

La renuncia a dar valor a las acreditaciones es igual de peligrosa que su sobrevaloración. Un ejemplo fácil es el de el carné de conducir. Atrapados por la policía, algunos conductores sin carné suelen excusarse en que “ellos saben conducir muy bien, e incluso mejor que algunos que sí disponen del carné”. Es media verdad.

Puede haber algún caso en que sea verdad, pero lo cierto es que el acto de circular por la vía publica tiene en su definición hacerlo legalmente.

Los especialistas en selección han solucionado este dilema usando con frecuencia datos mixtos. Por ejemplo, incluyendo una entrevista en inglés pero solicitando también acreditar el nivel deseado. Desde luego, eso complica el proceso cuando lo que se buscan son habilidades complejas además del cumplimiento de requisitos en papel.

En tiempos de cierta confusión, el objetivo debe ser que el título obtenido sea, no una garantía, sino una referencia de valor de valor suficiente, aunque no sea la única.

Por favor, no la devaluemos.